La espiritualidad del compromiso religioso, que anima a todos
los institutos de vida consagrada, tiene claramente su centro en
Cristo, en su persona, en su vida virginal y pobre, llevada hasta
la suprema oblación de sí por sus hermanos en perfecta
obediencia al Padre. Ahora bien, se trata de una espiritualidad,
en el sentido más fuerte de la palabra, es decir, de una
orientación dada por el Espíritu Santo. En efecto, el
seguimiento de Cristo en pobreza, castidad y obediencia no sería
posible sin la inspiración del Espíritu Santo, autor de todo
progreso interior y dador de toda gracia en la Iglesia.
«Impulsadas por la caridad, que el Espíritu Santo difunde en
sus corazones», dice también el Concilio, las personas
consagradas «viven cada vez más para Cristo y para su cuerpo,
la Iglesia» (ib.).
2. En efecto, en la vida religiosa y en toda vida consagrada
se produce una acción soberana y decisiva del Espíritu Santo,
que las almas atentas pueden experimentar de modo inefable por
una cierta connaturalidad creada por la caridad divina, como
diría santo Tomás (cf. Summa Theol., II-11, q, 45, a.
2).
Cuando en su Iglesia Jesucristo llama a los hombres o a las
mujeres a seguirlo, hace escuchar su voz y sentir su atracción
por medio de la acción interior del Espíritu Santo, al que
confía la misión de hacer entender la llamada y suscitar el
deseo de responder a ella con una vida dedicada completamente a
Cristo y a su reino. Es él quien desarrolla, en el secreto del
alma, la gracia de la vocación, abriendo el camino necesario
para que esa gracia logre su objetivo. Es él el principal
educador de las vocaciones. Es él quien guía a las almas
consagradas por la senda de la perfección. Es él el autor de la
magnanimidad, de la paciencia y de la fidelidad de cada uno y de
todos.
3. Además de llevar a cabo su obra en cada alma, el Espíritu
Santo está también en el origen de las comunidades de personas
consagradas: lo destaca el concilio Vaticano II (cf. Perfectae
caritatis, l). Así ha sucedido en el pasado, y así
sucede también hoy. Desde siempre en la Iglesia el Espíritu
Santo concede a algunos el carisma de fundadores. Desde siempre
hace que en torno al fundador o a la fundadora se reúnan
personas que comparten la orientación de su forma de vida
consagrada, su enseñanza, su ideal, su atracción de caridad, de
magisterio o de apostolado pastoral. Desde siempre el Espíritu
Santo crea y hace crecer la armonía de las personas congregadas
y les ayuda a desarrollar una vida en común animada por la
caridad, según la orientación particular del carisma del
fundador y de sus seguidores fieles. Es consolador constatar que
el Espíritu Santo, también en los tiempos recientes, ha hecho
nacer en la Iglesia nuevas formas de comunidad y ha suscitado
nuevos experimentos de vida consagrada.
Es importante recordar, por otra parte, que en la Iglesia es
el Espíritu Santo quien guía a las autoridades responsales a
admitir y reconocer canónicamente las comunidades de almas
consagradas, después de haber examinado, en ocasiones ordenado
mejor y, por último, aprobado sus constituciones (cf. Lumen
gentium, 45), para después alentar, sostener y, a
menudo, inspirar sus opciones concretas. ¡Cuántas iniciativas,
cuántas nuevas fundaciones de institutos y de nuevas parroquias,
cuántas expediciones misioneras tienen su origen, más o menos
conocido, en las peticiones o en las indicaciones que los
pastores de la Iglesia han dirigido a los fundadores y a los
superiores mayores de los institutos!
Con frecuencia la acción del Espíritu Santo desarrolla e
incluso suscita algunos carismas de los religiosos a través de
la jerarquía. En todo caso, se sirve de ésta para ofrecer a las
familias religiosas la garantía de una orientación conforme a
la voluntad divina y a la enseñanza del Evangelio.
4. Más aún: es el Espíritu Santo quien ejerce su influjo en
la formación de los candidatos a la vida consagrada. Es él
quien establece la unión armónica en Cristo de todos los
elementos espirituales, apostólicos, doctrinales, prácticos que
la Iglesia considera necesarios para una buena formación (cf. Potissimum
institutioni, Orientaciones sobre la formación en los
institutos religiosos).
Es el Espíritu Santo quien hace comprender, de modo especial,
el valor del consejo evangélico de la castidad, mediante una
iluminación interior que trasciende la condición ordinaria de
la inteligencia humana (cf. Mt 19, 10-12). Es él quien suscita
en las almas la inspiración a una entrega radical a Cristo en el
camino del celibato. Por obra suya «la persona consagrada por
los votos de religión coloca en el centro de su vida afectiva
una relación "más inmediata" con Dios por Jesucristo en
el Espíritu» como efecto del consejo evangélico de
castidad (Potissimum ínstitutioni, 13; cf.
L'Osservatore Romano, 18 de marzo de 1990, p. 8).
También en los otros dos consejos evangélicos el Espíritu
Santo hace sentir su potencia eficaz y formadora. Además de dar
la fuerza para renunciar a los bienes terrenos y a sus ventajas,
forma en el alma el espíritu de pobreza, inspirando el gusto de
buscar, por encima de los bienes materiales, un tesoro celestial.
También da la luz que necesita el juicio de fe para reconocer,
en la voluntad de los superiores, la misteriosa voluntad de Dios
y para discernir, en el ejercicio de la obediencia, una humilde
pero generosa cooperación a la realización del plan
salvífico.
5. El Espíritu Santo, alma del Cuerpo místico, es también
el alma de toda vida comunitaria. El desarrolla todas las
prioridades de la caridad que pueden contribuir a la unidad y a
la paz en la vida en común. Él hace que la palabra y el ejemplo
de Cristo sobre el amor a los hermanos sea la fuerza que mueve
los corazones, como decía san Pablo (cf. Rm 5, 5). Con su gracia
hace penetrar en la conducta de los consagrados el amor del
corazón manso y humilde de Jesús, su actitud de servicio y su
perdón heroico.
No menos necesario es el influjo permanente del Espíritu
Santo para la perseverancia de los consagrados en la oración y
en la vida de íntima unión con Cristo. Él es quien otorga el
deseo de la intimidad divina, hace crecer el gusto por la
oración, inspira una atracción cada vez mayor hacia la persona
de Cristo, hacia su palabra y su vida ejemplar.
Es también el Espíritu Santo quien anima la misión
apostólica de los consagrados como personas y como comunidades.
El desarrollo histórico de la vida religiosa, caracterizado por
una creciente entrega a la misión evangelizadora, confirma esta
acción del Espíritu que sostiene el compromiso misionero de las
familias religiosas en la Iglesia.
6. Los consagrados, por su parte, deben cultivar una gran
docilidad a las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo, una
insistente comunión con él, una incesante oración para obtener
sus dones cada vez con mayor abundancia, junto con un santo
abandono a su iniciativa. Este es el camino que han ido
descubriendo cada vez mejor los santos pastores y doctores de la
Iglesia en armonía con la doctrina de Jesús y de los
Apóstoles. Este es el camino de os santos fundadores y
fundadoras, que han dado vida en la Iglesia a tantas formas
diferentes de comunidades, de las que han brotado las diversas
espiritualidades: basiliana, agustinana, benedictina,
franciscana, dominicana, carmelitana y muchas otras: todas ellas
constituyen experiencias, caminos y escuelas que testimonian la
riqueza de los carismas del Espíritu Santo y proporcionan el
acceso, por muchas sendas particulares, al único Cristo total,
en la única Iglesia.