1. La vida consagrada, que ha caracterizado el desarrollo de
la Iglesia en los siglos, ha conocido y conoce diferentes
manifestaciones. Hay que tener en cuenta esta multiplicidad al
leer el capítulo que la constitución Lumen gentium dedica
a la profesión de los consejos evangélicos. Éste lleva por
título Los religiosos, pero en el cuadro de sus
consideraciones doctrinales y de sus intenciones pastorales entra
la realidad mucho más amplia y diferenciada de la vida
consagrada como se ha ido delineando en los tiempos recientes.
2. No son pocas las personas que también hoy eligen el camino
de la vida consagrada en el ámbito de institutos o
congregaciones religiosas que trabajan desde hace tiempo en la
Iglesia, la cual continúa extrayendo de su presencia viva y
fecunda siempre nuevas riquezas de vida espiritual.
Pero en la Iglesia existen hoy también nuevas agrupaciones
visibles de personas consagradas, reconocidas y reguladas bajo
aspecto canónico. Tales son, ante todo los institutos
seculares, en los cuales según el Código de
derecho canónico «los fieles, viviendo en el mundo, aspiran
a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la
santificación del mundo sobre todo desde dentro de él» (canon
710). Los miembros de dichos institutos asumen las obligaciones
de los consejos evangélicos, pero armonizándolos con una vida
empeñada en el mundo de las actividades y de las instituciones
seculares. Desde nace muchos años, ya antes del Concilio, había
habido algunos geniales pioneros de esta forma de vida consagrada
más semejante -exteriormente a la de los seglares que a
los religiosos. Para algunos esa opción podía depender
de una necesidad, en el sentido de que ellos no habrían podido
entrar en una comunidad religiosa a causa de ciertas obligaciones
familiares o de ciertos obstáculos, pero para muchos era el
compromiso por un ideal: conjugar una auténtica consagración a
Dios con una existencia vivida, también ella por vocación, en
las realidades del mundo. Es mérito del Papa Pío XII el haber
reconocido la legitimidad de esta forma de consagración con la
constitución apostólica Provida Mater Ecclesia (1947).
El Código de derecho canónico reconoce, además de
los institutos seculares, las sociedades de vida apostólica,
«cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico
propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según
el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad
por la observancia de las constituciones» (canon 731). Entre
estas sociedades que vienen asimiladas a los institutos de
vida consagrada, existen algunas en las cuales los miembros se
empeñan, por medio de un vínculo definido en las
constituciones, a la práctica de los consejos evangélicos.
También ésta es una forma de consagración.
3. En los tiempos más recientes ha aparecido un cierto
número de movimientos o agrupaciones eclesiales. Hablé
de ello con aprecio con ocasión de un congreso organizado por la
Conferencia episcopal italiana sobre La comunidad cristiana y
las asociaciones de los laicos: «El fenómeno de las
agrupaciones eclesiales -decía- es un dato que caracteriza el
actual momento histórico de la Iglesia. Y se debe constatar,
además, con verdadero consuelo, que la gama de estas
agrupaciones cubre todo el arco de las modalidades de presencia
del cristiano en la sociedad actual» (LObsservatore
Romano, 2-12-84). Como entonces, también ahora hago votos
por que, para evitar el peligro de una cierta autocomplacencia
por parte de quien tienda a absolutizar la propia experiencia, y
de un aislamiento de la vida comunitaria de las Iglesias locales
y de los pastores, dichas agrupaciones de laicos vivan «en la
plena comunión eclesial con el obispo» (ib.).
Estos movimientos o agrupaciones, aun formándose entre
laicos, a menudo orientan a sus miembros -o a una parte de ellos-
hacia la práctica de los consejos evangélicos. En consecuencia,
aunque se declaran laicos, dentro de ellos nacen grupos o
comunidades de vida consagrada. Y además, esta forma de vida
consagrada puede ir acompañada por una apertura al ministerio
sacerdotal, cuando algunas comunidades acogen sacerdotes u
orientan a jóvenes a la ordenación sacerdotal. Así sucede que
algunos de estos movimientos lleven en sí la imagen de la
Iglesia según las tres direcciones que puede tomar el desarrollo
de su composición histórica: laicos, sacerdotes, almas
consagradas en el ámbito de los consejos evangélicos.
4. Basta haber aludido a esta nueva realidad, sin poder
describir de modo detallado los diversos movimientos, para poner
de relieve más bien el significado de su presencia en la Iglesia
de hoy.
Es importante reconocer en ellos un signo de los carismas que
el Espíritu Santo otorga a la Iglesia de formas siempre nuevas,
a veces imprevisibles. La experiencia de estos años nos permite
afirmar que, en armonía con los fundamentos de fe, lejos de
agotarse, la vida carismática halla en la Iglesia nuevas
expresiones, especialmente en las formas de vida consagrada.
Un aspecto del todo particular -y en cierto sentido nuevo- de
esta experiencia es la importancia que generalmente tiene en ella
el carácter laical. Es verdad que en torno a la palabra laico
se puede dar algún malentendido, aun en campo religioso.
Cuando los laicos se comprometen en el camino de los consejos
evangélicos, sin duda entran en cierta medida en un estado de
vida consagrada, muy diferente de la vida más común de los
otros fieles, que eligen el camino del matrimonio y de las
profesiones de orden profano. Sin embargo, los laicos consagrados
pretenden conservar y consolidar su adhesión al título de
laico, en cuanto que quieren ser y afirmarse como miembros del
pueblo de Dios, de acuerdo con el origen del término laico
(de laós = pueblo), y dar testimonio de su pertenencia sin
separarse de sus hermanos ni siquiera en la vida civil.
Tiene también gran importancia e interés la visión eclesial
de los movimientos en los cuales se manifiesta una decidida
voluntad de vivir la vida de la Iglesia entera, como comunidad de
seguidores de Cristo, y de reflejarla en la profunda unión y
colaboración entre laicos, religiosos y sacerdotes en las
opciones personales y en el apostolado.
Es verdad que estas tres características: o sea, la vitalidad
carismática, la voluntad de testimoniar la pertenencia al pueblo
de Dios, la exigencia de comunión de los consagrados con los
laicos y los sacerdotes, son propiedades comunes a todas las
formas de vida religiosa consagrada; pero no se puede dejar de
reconocer que ellas se manifiestan más intensamente en los
movimientos contemporáneos, que generalmente destacan por un
profundo empeño de adhesión al misterio de la Iglesia y de
cualificado servicio a su misión.
5. Además de los movimientos y comunidades de orientación laico-eclesial,
debemos aludir ahora a otros tipos de comunidades recientes, que
ponen el acento más en elementos tradicionales de la vida
religiosa. Algunas de estas nuevas comunidades tienen una
orientación propiamente monástica, con un notable desarrollo de
la oración litúrgica; otras se insertan en la línea de la
tradición canónica, que, junto a la más estrictamente monástica,
ha estado muy viva en los siglos medievales, con especial cuidado
de las parroquias y, posteriormente, del apostolado con un radio
más amplio. Todavía más radical es hoy la nueva tendencia eremítica,
con la fundación o el renacimiento de eremitorios de estilo
antiguo y nuevo al mismo tiempo.
A quien mira superficialmente, algunas de estas formas de vida
consagrada podrían parecer que están en discordancia con las
orientaciones actuales de la vida eclesial. Pero en realidad la
Iglesia -que ciertamente necesita de consagrados que se dirijan
más directamente hacia el mundo para evangelizarlo- tiene tanta
y quizá más necesidad de los que buscan, cultivan y testimonian
la presencia y la intimidad de Dios, también ellos con la
intención de obtener la santificación de la humanidad. Son los
dos aspectos de la vida consagrada que se manifiestan en
Jesucristo, el cual iba hacia los hombres para llevarles luz y
vida, pero por otra parte buscaba la soledad para dedicarse a la
contemplación y a la oración. Ninguna de estas dos exigencias
puede descuidarse en la vida actual de la Iglesia. Debernos estar
agradecidos al Espíritu Santo que nos lo hace comprender
incesantemente a través de los carismas que él distribuye con
abundancia y las iniciativas a menudo sorprendentes, que él
inspira.