
La Castidad
Consagrada
en la Unión Nupcial de Cristo y de la Iglesia
LOSSERVATORE
ROMANO, 23 de noviembre, de 1994
1 . Los religiosos, según el decreto conciliar Perfectae
caritatis «evocan ante todos los fieles aquel maravilloso
connubio, fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente
en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por esposo único
a Cristo» (n. 12). En este connubio se descubre el valor
fundamental de la virginidad o celibato con respecto a Dios. Por
esta razón, se habla de «castidad consagrada».
La verdad de este connubio se revela a través de numerosas
afirmaciones Nuevo Testamento. Recordemos que ya el Bautista
designa a Jesús como el esposo que tiene a la esposa, es decir,
el pueblo que acude a su bautismo; mientras que él, Juan, se ve
a sí mismo como «el amigo del esposo, el que asiste y le oye»,
y que «se alegra mucho con la voz del esposo» (Jn 3,29). Esta
imagen nupcial ya se usaba en el Antiguo Testamento para indicar
la relación íntima entre Dios e Israel: especialmente los
profetas, después de Oscas (1, 2 ss), se sirvieron de ella para
exaltar esa relación y recordarla al pueblo, cuando la
traicionaba (cf. Is 1, 2 1; Jr 2, 2; 3, 1;
3, 6-12-, Ez 16; 23). En la segunda parte
del libro de Isaías, la restauración de Israel se presenta como
la reconciliación de la esposa infiel con el esposo (cf. Is 50,
1; 54, S-8; 62, 4-5). Esta imagen de la religiosidad de Israel
aparece también en el Cantar de los cantares y en el
salmo 45, cantos nupciales que representan las bodas con el
Rey-Mesías, como han sido interpretados por la tradición judía
y cristiana.
2. En el ambiente de la tradición de su pueblo, Jesús toma
esa imagen para decir que él mismo es el esposo anunciado y
esperado: el Esposo-Mesías (cf. Mt 9. 15; 25, 1). Insiste
en esta analogía y en esta terminología, también para explicar
que es el reino que ha venido a traer, «El reino de los
cielos semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su
hijo» (Mt 22, 2). Parangona a sus discípulos con los
compañeros del esposo, que se alegran de su presencia, y que
ayunarán cuando se les quite el esposo (cf. Mc 2,19-20).
También es muy conocida la otra parábola de las diez vírgenes
que esperan la venida del esposo para una fiesta de bodas (cf. Mt
25, 1-13); y, de igual modo, la de los siervos que deben
vigilar para acoger a su señor cuando vuelva de las bodas (cf. Lc
12, 35-38). En este sentido, puede decirse que es
significativo también el primer milagro que Jesús realiza en
Cana, precisamente durante un banquete de bodas (cf. Jn 2, 1-1l).
Jesús, al definirse a sí mismo con el titulo de Esposo,
expresó el sentido de su entrada en la historia, a la que vino
para realizar las bodas de Dios con la humanidad, según el
anuncio profético, a fin de establecer la nueva Alianza de
Yahveh con su pueblo y derramar un nuevo don de amor divino en el
corazón de los hombres, haciéndoles gustar su alegría. Como
Esposo, invita a responder a este don de amor: todos están
llamados a responder con amor al amor. A algunos pide una
respuesta más plena, más fuerte, más radical: la de la
virginidad o celibato por el reino de los cielos.
3. Es sabido que también San Pablo tomó y desarrolló la
imagen de Cristo Esposo, sugerida por el Antiguo Testamento y
adoptada por Jesús en su predicación y en la formación de sus
discípulos, que constituirían la primera comunidad. A quienes
están casados, el Apóstol les recomienda que consideren el
ejemplo de las bodas mesiánicas: «Maridos, amad a vuestras
mujeres como Cristo amó a la Iglesia» (Ef 5, 25). Pero
también fuera de esta aplicación especial al matrimonio,
considera la vida cristiana en la perspectiva de una unión
esponsal con Cristo: «Os tengo desposados con un solo esposo
para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Co 11, 2).
Pablo deseaba hacer esta presentación de Cristo-Esposo a
todos los creyentes. Pero no cabe duda de que la imagen paulina
de la virgen casta tiene su aplicación más plena y su
significado más profundo en la castidad consagrada. El modelo
más espléndido de esta realización es la Virgen María, que
acogió en si lo mejor de la tradición esponsalicia de su
pueblo, y no se limitó a la conciencia de su pertenencia
especial a Dios en el plano socioreligioso, sino que llevó la
idea del carácter nupcial de Israel hasta la entrega total de su
alma y de su cuerpo por el reino de los cielos, en su
forma sublime de castidad elegida conscientemente. Por esta
razón, el Concilio puede afirmar que la vida consagrada en la
Iglesia se realiza en profunda sintonía con la bienaventurada
Virgen María (cf. Lumen genflum, 4 l), a quien el
magisterio de la Iglesia presenta como «la más plenamente
consagrada» (cf. Redemptionis donum, 17).
4. En el mundo cristiano una nueva luz brotó de la palabra de
Cristo y de la oblación ejemplar de María, que las primeras
comunidades conocieron muy pronto. La referencia a la unión
nupcial de Cristo y de la Iglesia confiere al mismo matrimonio su
dignidad más alta. En particular, el sacramento del matrimonio
hace entrar a los esposos en el misterio de unión de Cristo y de
la Iglesia. Pero la profesión de virginidad o celibato hace
participar a los consagrados, de una manera más directa, en el
misterio de esas bodas. Mientras que el amor conyugal va a
Cristo-Esposo mediante una unión humana, el amor virginal va
directamente a la persona de Cristo a través de una unión
inmediata con él, sin intermediarios: un matrimonio espiritual
verdaderamente completo y decisivo. Así, en la persona de
quienes profesan y viven la castidad consagrada la Iglesia
realiza plenamente su unión de Esposa con Cristo-Esposo. Por
eso, se debe decir que la vida virginal se encuentra en el
corazón de la Iglesia.
5. También en la línea de la concepción evangélica y
cristiana, se debe añadir que esa unión inmediata con el Esposo
constituye una anticipación de la vida celestial, que se
caracterizará por una visión o posesión de Dios sin
intermediarios. Como dice el concilio Vaticano II, la castidad
consagrada «evoca [ ... ] aquel maravilloso connubio, fundado
por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro» (Perfectae
caritatis, 12). En la Iglesia el estado de virginidad o
celibato reviste, pues, un significado escatológico, como
anuncio especialmente expresivo de la posesión de Cristo como
único Esposo, que se realizará plenamente en el más allá. En
este sentido pueden leerse las palabras que Jesús pronunció
sobre el estado de vida propio de los elegidos después de la
resurrección de los cuerpos: «Ni ellos tomarán mujer ni ellas
marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos
de Dios, siendo hijos de la resurrección [resucitados]» (Lc 20,
35-36). La condición de la castidad consagrada, aunque entre las
oscuridades y dificultades de la vida terrena, anuncia la unión
con Dios, en Cristo, que los elegidos tendrán en la felicidad
celestial, cuando la espiritualización del hombre resucitado sea
perfecta.
6. Si se considera esa meta de la unión celestial con
Cristo-Esposo, se comprende la profunda felicidad de la vida
consagrada. San Pablo alude a esa felicidad, cuando dice que
quien no está casado se preocupa completamente de las cosas del
Señor y no está dividido entre el mundo y el Señor (cf, 1 Co
7. 32.35). Pero se trata de una felicidad que no excluye y no
dispensa en absoluto del sacrificio, puesto que el celibato
consagrado implica siempre renuncias, a través de las cuales
llama a conformarse cada vez mas con Cristo crucificado. San
Pablo recuerda expresamente que en su amor de Esposo, Jesucristo
ofreció su sacrificio por la santidad de la Iglesia (cf, Ef 5,
25). A la luz de la Cruz comprendernos que toda unión con
Cristo-Esposo es un compromiso de amor con el Crucificado, de
modo que quienes profesan la castidad consagrada saben que están
destinados a una participación más profunda en el sacrificio de
Cristo para la redención del mundo (cf,
Redemptionis donum, 8
y 1 l),
7. El carácter permanente de la unión nupcial de Cristo
y de la Iglesia se expresa en el valor definitivo de la
profesión de la castidad consagrada en la vida religiosa: «La
consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos
más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con
vínculo indisoluble a su Iglesia» (Lumen Gentium, 44).
La indisolubilidad de la alianza de la Iglesia con Cristo
Esposo, participada en el compromiso de la entrega de sí a
Cristo en la vida virginal, funda el valor permanente de la
profesión perpetua. Se puede decir que es una entrega absoluta a
aquel que es el Absoluto.
Lo da a entender Jesús mismo cuando dice que «nadie que pone
la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de
Dios» (Lc 9, 62). La permanencia, la fidelidad al
compromiso de la vida religiosa se iluminan a la luz de esta
parábola evangélica.
Con el testimonio de su fidelidad a Cristo, los consagrados
sostienen la fidelidad de los mismos esposos en el matrimonio. La
tarea de brindar este apoyo está incluida en la declaración
de Jesús sobre quienes se hacen eunucos por el reino de los
cielos (cf. Mt 19, 10-12): con ella el Maestro quiere mostrar que
no es imposible observar la indisolubilidad del matrimonio --que
acaba de anunciar-, como insinuaban sus discípulos, porque hay
personas que, con la ayuda de la gracia, viven fuera del
matrimonio en una continencia perfecta.
Por tanto, puede verse que el celibato consagrado y el
matrimonio, lejos de oponerse entre sí, están unidos en el
designio divino. Juntos están destinados a manifestar mejor la
unión de Cristo y de la Iglesia.
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