
La Castidad
Consagrada
LOSSERVATORE
ROMANO, 16
de noviembre del 1994
1. Entre los consejos evangélicos,
según el Concilio Vaticano II, sobresale el precioso don de la
«perfecta continencia por el reino de los cíelos»: don de la
gracia divina, «concedido a algunos por el Padre (cf. Mt
19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con
un corazón que se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co
7, 32-34) en la virginidad o en el celibato..., señal y
estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de
espiritual fecundidad en el mundo» (Lumen gentium, 42).
Tradicionalmente, se solía hablar de los tres votos -pobreza,
castidad y obediencia-, comenzando por la pobreza como
desapego de los bienes exteriores, colocados en un nivel inferior
con relación a los bienes del cuerpo y a los del alma (cf. santo
Tomás, Summa Theol., II-II, q. 186, a. 3). El Concilio,
por el contrario, habla expresamente de la «castidad
consagrada» antes que de los otros dos votos (cf. Lumen
gentium, 43; Perfectae caritatis, 12, 13 y 14), porque
la considera el compromiso decisivo para el estado de la vida
consagrada. También es el consejo evangélico que manifiesta de
forma más evidente el poder de la gracia, que eleva el amor por
encima de las inclinaciones naturales del ser humano.
2. El evangelio pone de relieve su grandeza espiritual, porque
Jesús mismo dio a entender el valor que atribuía al compromiso
del celibato. Según Mateo, Jesús hace el elogio del celibato
voluntario inmediatamente después de reafirmar la
indisolubilidad del matrimonio. Dado que Jesús prohíbe al
marido repudiar a su mujer, los discípulos reaccionan: «Si tal
es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta
casarse». Y Jesús responde, dando al «no trae cuenta casarse»
un significado más elevado: «No todos entienden este lenguaje,
sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos
que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron
tales a sí mismos por el reino de los cielos. Quien pueda
entender, que entienda» (Mt 19, 10-
12).
3. Al afirmar esta posibilidad de
entender un camino nuevo, que era el que seguía él y sus
discípulos, y que tal vez suscitaba la admiración o incluso las
críticas del entorno, Jesús usa una imagen que aludía a un
hecho muy conocido, la condición de los eunucos. Estos podían
serlo por una deficiencia de nacimiento, o por una intervención
humana; pero añade inmediatamente que había una nueva clase, la
suya, es decir, los eunucos por el reino de los cielos. Era una
referencia clarísima a la elección realizada por él y sugerida
a sus seguidores más íntimos. Según la ley de Moisés, los
eunucos quedaban excluidos del culto (cf. Dt 23, 2) y del
sacerdocio (cf. Lv 21, 20). Un oráculo del libro de Isaías
había anunciado el fin de esta exclusión (cf. Is 56, 3-5).
Jesús abre una perspectiva aún más innovadora: elegir
voluntariamente por el reino de los cielos esa situación
considerada indigna del hombre. Desde luego, las palabras de
Jesús no quieren aludir a una mutilación física, que la
Iglesia nunca ha permitido, sino a la libre renuncia a las
relaciones sexuales. Como escribí en la exhortación apostólica
Redemiptionis donum, se trata de una «renuncia -reflejo del
misterio del Calvario-, para volver a encontrarse más plenamente
en Cristo crucificado y resucitado: renuncia, para reconocer en
él plenamente el misterio de la propia humanidad y confirmarlo
en el camino de aquel admirable proceso, del que el mismo
Apóstol escribe: "mientras nuestro hombre exterior se
corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en
día" (2 Co 4, l6)» (n. 10).
4. Jesús es consciente de los valores a los que renuncian los
que viven en el celibato perpetuo: él mismo los había afirmado
poco antes, hablando del matrimonio como de una unión cuyo autor
es Dios y que por eso no puede romperse. Comprometerse al
celibato significa, ciertamente, renunciar a los bienes propios
de la vida matrimonial y de la familia, pero no dejar de
apreciarlos en su valor real. La renuncia se realiza con vistas a
un bien mayor, a valores más elevados, resumidos en la hermosa
expresión evangélica reino de los cielos. La entrega total a
este reino justifica y santifica el celibato.
5. Jesús atrae la atención hacia el don de luz divina que es
necesario incluso para entender el camino del celibato
voluntario. No todos lo pueden entender, en el sentido de que no
todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de
ponerlo en práctica. Este don de luz y de decisión sólo se
concede a algunos. Es un privilegio que se les concede con vistas
a un amor mayor. No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos,
al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan
atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan
apreciarlo. Eso significa que hay diversidad de caminos, de
carismas, de funciones, como reconocía san Pablo, el cual
hubiera deseado espontáneamente compartir con todos su ideal de
vida virginal. En efecto, escribió: «Mí deseo sería que todos
los hombres fueran como yo; mas cada cual -añadía- tiene de
Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra» (1
Co 7, 7). Por lo demás, como afirmaba santo Tomás, «de la
variedad de los estados brota la belleza de la Iglesia» (Summa
Theol., II-II, q. 184, a. 4).
6. Al hombre se le pide un acto de voluntad deliberada,
consciente del compromiso y del privilegio del celibato
consagrado. No se trata de una simple abstención del matrimonio,
ni de una observancia no motivada y casi pasiva de las reglas
impuestas por la castidad. El acto de renuncia tiene su aspecto
positivo en la entrega total al reino, que implica una adhesión
absoluta a Dios amado sobre todas las cosas y al servicio de su
reino. Por consiguiente, la elección debe ser bien meditada y ha
de provenir de una decisión firme y consciente, madurada en lo
más íntimo de la persona.
San Pablo enuncia las exigencias y las ventajas de esta
entrega al reino: «El no casado se preocupa de las cosas del
Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las
cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto
divido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa
de las cosas el Señor, de ser santa en el cuerpo y en el
espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de
cómo agradar a su marido» (1 Co 7, 32-34). El Apóstol no
quiere pronunciar condenas contra el estado conyuga (cf. 1 Tm 4.
1.3), ni «tender un lazo » a alguien, como él mismo lo dice
(cf. 1 Co 7, 35); pero, con el realismo de una experiencia
iluminada por el Espíritu Santo, habla y aconseja --como
escribe- «para vuestro provecho---, para moveros a lo más digno
y al trato asiduo con el Señor, sin división » ( 1 Co 7, 3 S).
Es la finalidad de los consejos evangélicos. También el
Concilio Vaticano II, fiel a la tradición de los consejos,
afirma que la castidad es «medio aptísimo para que los
religiosos se consagren fervorosamente al servicio divino y a las
obras de apostolado» (Perfectae caritatis, 12).
7. Las críticas al celibato consagrado se han repetido a
menudo en la historia, y en varias ocasiones la Iglesia se ha
visto obligada a llamar la atención sobre la excelencia del
estado religioso bajo este aspecto: basta recordar aquí la
declaración del concilio de Trento (cf. Denz, -S., 1.8 10),
recogida por el Papa Pío XII en la encíclica Sacra virginilas
por su valor magisterial (cf. AAS 46 [19541 174). Eso no equivale
a arrojar una sombra sobre el estado matrimonial. Por el
contrario, conviene tener presente lo que afirma el Catecismo de
la Iglesia Católica: «Estas dos realidades, el sacramento del
matrimonio y la virginidad por el reino de Dios, vienen del
Señor mismo, Es él quien les da sentido y les concede la gracia
indispensable para vívirlos conforme a su voluntad. La estima de
la virginidad por el reino y el sentido cristiano del matrimonio
son inseparables y se apoyan mutuamente» (n.1.620; cf.
Redemptionis donum, 11).
El Concilio Vaticano II advierte que la aceptación y la
observancia del consejo evangélio de la virginidad y del
celibato consagrados exige «la debida madurez psicológica y
afectíva» (Perfectae caritatis, 12). Esta madurez es
indispensable.
Por consiodente, las condiciones para seguir con fidelidad a
Cristo en este aspecto son: la confianza en el amor divino y su
invocación, estimulada por la conciencia de la debdidad humana:
una conducta prudente y humilde; y, sobre todo, una vida de
intensa unión con Cristo.
En este último punto, que es la clave de toda la vida
consagrada, estríba el secreto de la fidelidad a Cristo como
esposo único del alma, única razón de su vida.
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