
VOCACION
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La vocación
La vocacion y la Santidad
-JPII
La Vida como Vocación -JPII
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¿Sere
capaz de perseverar?
La llamada: Como modos hay de
enamorarse -Aguiló.
Un
soldado iraquí encuentra a Cristo
La llamada, Detalles que a otros pasan
desapercibidos
La vocación es una
llamada.
La vocación cristiana es sobrenatural. Es
el mismo Dios quien nos llama.
Para responder a la
vocación es necesario saber por quién se es enviado (la autoridad
que nos respalda es Cristo), para qué se es enviado (objetivo:
comunicar la gracia a todos para que se salven) y en calidad de qué se
va (Laico, sacerdote, religioso, etc.).
La vocación primaria y
fundamental es a ser hijos de Dios:
-
“a todos los que la
recibieron (a la Palabra) les dio poder de hacerse hijos de Dios, a
los que creen en su nombre” -Jn 1,12.
-
“recibisteis un espíritu de hijos
adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!” -Rom 8, 15.
-
"constituido Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los
muertos, Jesucristo Señor nuestro -Romanos 1,4
...vocación a participar en la naturaleza
divina por toda la eternidad:
-
“nos han sido concedidas las
preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais
partícipes de la naturaleza divina” -2 Pe 1, 4.
-
“Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).
...vocación a ser una nueva creación.
Capaces de renunciar al pecado y actuar en el amor y la verdad:
-
Por tanto, el que está en Cristo, es
una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. -II Corintios 5,17
La vocación a la nueva vida de hijos
de Dios solo es posible por los
méritos de Jesucristo. Es por gracia de Dios. Nadie puede
conferirse a si mismo la gracia.
-
y son justificados por el don de su
gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús
-Romanos 3,24
-
En efecto, cuando todavía estábamos
sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos -
Romanos 5,6
-
“No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he
destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto
permanezca...” -Jn 15, 16.
-
"Pablo, siervo de Cristo
Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios".
-Romanos 1,1
Nada sin Dios; Nada sin
nosotros.
La vocación requiere nuestra colaboración, unir nuestra voluntad a la
Voluntad Divina:
-
Hay que recibirla:
“a todos los que la
recibieron les dio poder" -Jn 1,12.
-
Hay que dar frutos y
perseverar: "para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto
permanezca...” -Jn 15, 16.
-
“He aquí que vengo, oh
Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10, 5.7).
-
Ver el testimonio de
Pedro, Pablo y todos los santos, dispuestos a sufrirlo todo por amor
a Jesucristo.
Dios llama al inicio
(nos precede) pero también nos sostiene en todo el camino y siempre:
-
“Ciertamente nosotros
trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que
trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos
curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos
vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue
para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según
la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin
él no podemos hacer nada. (S. Agustín, nat. et grat. 31)”.
-
“Hay una tentación que
insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma:
pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y
programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su
gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de
nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la
causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no
podemos hacer nada» (cf Jn 15,5)” (NMI, 38).
"En el corazón de
la Iglesia comunión está la Eucaristía. Las diferentes
vocaciones toman de este sumo Sacramento la fuerza espiritual
para edificar constantemente en la caridad el único Cuerpo
eclesial" -Benedicto XVI
La vocación al
sacerdocio es una
llamada dentro de la gran particular para servir en Cristo y no un
derecho
-
El sacerdote recibe de
Cristo la misión y la facultad de actuar en su persona (in persona
Christi Capitis).
-
No es un derecho ni un
proyecto personal.
-
El Sacerdote debe
renunciar a si mismo para actuar en Cristo, ya que ha recibido, por
el orden sacramental, la misión y la gracia para actuar mas allá de
sus posibilidades humanas. Por el don del Espíritu Santo los
sacerdoes Sacra Potestas (poder sagrado) para ser ministros
de la gracia (La Eucaristía, el Perdón).
-
Los sacerdotes son
cooperadores del Orden episcopal, para el puntual cumplimiento de la
misión apostólica que Cristo les confió” (PO 2).
-
Es Cristo el que se
ofrece a si mismo en la Misa y es Cristo el que perdona en la
confesión. “Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen
y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer
ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento»” (CEC,
875).
-
Los sacerdotes no se
designan a si mismos ni tampoco son "delegados de la
comunidad". Son representantes de Cristo, escogidos por Cristo por
medio de los obispos. Jesús llamó a los que quiso. (Cf. Mc 3, 13).
Unidad entre Vocación y
Misión:
-
La vocación no puede
separarse de la misión y sus exigencias. La vocación del sacerdote
es representar a Cristo y como Cristo a de vivir y disponerse a
morir, en total obediencia al Padre. “El ser y el actuar del
sacerdote - su persona consagrada y su ministerio - son realidades
teológicamente inseparables, y tienen como finalidad servir al
desarrollo de la misión de la Iglesia : la salvación eterna de todos
los hombres. (Congregación para el Clero, El Presbítero, pastor y
guía de la comunidad, 5).
La respuesta a la
crisis vocacional: oración y santidad -Juan Pablo II, 5 Dic,
2003
"De la santidad de los que han recibido la llamada depende la
fuerza de su testimonio, capaz de atraer a otras personas,
empujándolas a confiar la propia vida a Cristo"
LA VOCACION Y LA SANTIDAD
Del mensaje de JPII a la
XXXIX Jornada Mundial de Oracion por las Vocaciones,
21-IV-2002
Venerables Hermanos en el Episcopado,
queridos Hermanos y Hermanas:
l. A todos vosotros “los queridos por Dios y santos por vocación, la
gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor
Jesucristo” (Rom.1,7). Estas palabras del apóstol Pablo a los
cristianos de Roma nos introducen en el tema de la próxima Jornada
Mundial de Oración por las Vocaciones: “La vocación a la santidad”.
¡La santidad! He aquí la gracia y la meta de todo creyente, conforme
nos recuerda el Libro del Levítico: “Sed santos, porque yo, el Señor,
Dios vuestro, soy santo” (19,2).
En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he invitado a poner “la
programación pastoral en el signo de la santidad”, para “expresar la
convicción de que si el Bautismo es una verdadera entrada en la
santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación
de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida
mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad
superficial…Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción
este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria: la vida entera de la
comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta
dirección” (n° 31).
Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a los cristianos por el
camino de la santidad, con el fin de que iluminados por la
inteligencia de la fe, aprendan a conocer y a contemplar el rostro de
Cristo y a redescubrir en Él la auténtica identidad y la misión que el
Señor confía a cada uno. De tal modo que lleguen a estar “edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como
piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece bien
ordenada para ser templo santo en el Señor” (Ef. 2. 20-21).
La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios suscita entre sus
hijos y se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de
la Santísima Trinidad. Como “pueblo congregado por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, lleva en sí el misterio del
Padre que llama a todos a santificar su nombre y a cumplir su
voluntad; custodia el misterio del Hijo que, mandado por el Padre a
anunciar el reino de Dios, invita a todos a seguirle; es depositaria
del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión que el
Padre ha elegido mediante su Hijo Jesucristo.
Porque la Comunidad eclesial es el lugar donde se expresan las
diversas vocaciones suscitadas por el Señor, en el contexto de la
Jornada Mundial, que tendrá lugar el próximo 21 de abril, IV Domingo
de Pascua, se desarrollará el tercer Congreso Continental por las
vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en
Norteamérica. Me alegro de dirigir a los promotores y a los
participantes mis benevolentes saludos y de expresar viva complacencia
por una iniciativa que afronta uno de los problemas cruciales de la
Iglesia que existe en América y por la Nueva Evangelización del
Continente. Invito a todos, para que encuentro tan importante pueda
suscitar un renovado empeño en el servicio de las vocaciones y un
entusiasmo más generoso entre los cristianos del “Nuevo Mundo”.
2. La Iglesia es “casa de la santidad” y la caridad de Cristo,
difundida por el Espíritu Santo, constituye su alma. Por ella todos
los cristianos deben ayudarse recíprocamente en descubrir y realizar
su vocación a la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la
asidua participación a los Sacramentos y en la búsqueda constante del
rostro de Cristo en cada hermano. De tal modo cada uno, según sus
dones, avanza en el camino de la fe, tiene pronta la esperanza y obra
mediante la caridad (Cf. Lumen gentium, 4.1) mientras la Iglesia
“revela y revive la infinita riqueza del misterio de Jesucristo (Christifideles
laici, 55) y consigue que la santidad de Dios entre en cada estado y
situación de vida, para que todos los cristianos lleguen a ser
operarios de la viña del Señor y edifiquen el Cuerpo de Cristo.
Si cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad,
algunas, sobre todo, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la
vida consagrada lo son de modo especialísimo. Es a estas vocaciones a
las que invito a mirar hoy con particular atención, intensificando su
oración por ellas.
La vocación al ministerio sacerdotal “es esencialmente una llamada a
la santidad, en la forma que brota del sacramento del Orden. La
santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, y
humilde; es amor sin reserva a las almas y donación al verdadero bien;
es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque tal es
la misión que Cristo le ha confiado” (Pastores dabo vobis, 33). Jesús
llama a los Apóstoles” para que estén con Él”.(Mc 3,14) en una
intimidad privilegiada (cfr Lc 8, 1- 2; 22, 28). No sólo los hace
partícipes de los misterios del Reino de los cielos (Cfr Mt.13,16-18)
sino que espera de ellos una fidelidad más alta y acorde con el
ministerio apostólico al que les llama. Les exige una pobreza más
rigurosa (Cfr. Mt 19, 22-23), la humildad del siervo que se hace el
último de todos (cfr. Mt. 20, 25-27). Les pide la fe en los poderes
recibidos (Cfr. Mt.17,19-21, la oración y el ayuno como instrumentos
eficaces de apostolado (cfr. Mc 9, 29) y el desinterés: “Gratuitamente
habéis recibido, dad gratuitamente ”. (Mt. 10, 8). De ellos espera la
prudencia unida a la simplicidad y a la rectitud moral (cfr. Mt. 10,
26-28) y el abandono a la Providencia (Cfr. Lc 9, 1-3); 19, 22-23). No
debe faltarles la conciencia de la responsabilidad asumida, en cuanto
administradores de los sacramentos instituidos por el Maestro y
operarios de su viña (cfr. Lc 12, 43-48).
La vida consagrada revela la íntima naturaleza de cada vocación
cristiana a la santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia
Cristo, “su único Esposo”. “La profesión de los consejos evangélicos
está íntimamente conectada con el misterio de Cristo, teniendo el
deber de hacerlos presentes en la forma de vida que ellos elijan,
añadiéndolo como valor absoluto y escatológico (Vita consecrata, 29).
Las vocaciones a estos estados de vida son dones preciosos y
necesarios, que atestiguan también hoy el seguimiento de Cristo casto,
pobre y obediente, el testimonio del primado absoluto de Dios y el
servicio a la humanidad en el estilo del Redentor representan caminos
privilegiados hacia una plenitud de vida espiritual.
La escasez de candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, que se
registra en algunos contextos de hoy, lejos de conducirnos a exigir
menos y a contentarse con una formación y una espiritualidad
mediocres, debe impulsarnos sobre todo a una mayor atención en la
selección y en la formación de cuantos, una vez constituidos ministros
y testigos de Cristo, estén llamados a confirmar con la santidad de
vida lo que anuncian y celebran.
3. Es necesario poner en evidencia todos los medios para que las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, esenciales para la
vida y la santidad del Pueblo de Dios, estén continuamente en el
centro de la espiritualidad de la acción pastoral y de la oración de
los fieles.
Los Obispos y presbíteros sean, primeramente los testigos de la
santidad del ministerio recibido como don. Con la vida y la enseñanza
muestren el gozo de seguir a Jesús, Buen Pastor y la eficacia
renovadora del misterio de su Pascua de redención. Hagan visible con
su ejemplo, de modo particular a las jóvenes generaciones, la
entusiasmante aventura reservada a quien, sobre las huellas del Divino
Maestro, elige pertenecer completamente a Dios y se ofrece a sí mismo
para que cada hombre pueda tener vida en abundancia. (Cfr. Jn 10, 10).
Consagrados y consagradas, que viven “en el mismo corazón de la
Iglesia como elemento decisivo para su misión” (Vita consecrata, 3),
muestren que su existencia está sólidamente radicada en Cristo, que la
vida religiosa es “casa y escuela de comunión” (Novo millennio ineunte,
43), que en su humilde y fiel servicio al hombre aliente aquella
“fantasía de la caridad” (ibid., 50) que el Espíritu Santo mantiene
siempre viva en la Iglesia. ¡No olviden que en el amor a la
contemplación, en el gozo de servir a los hermanos, en la castidad
vivida por el Reino de los Cielos, en la generosa dedicación a su
ministerio reside la fuerza de cada propuesta vocacional!
Las familias están llamadas a jugar un papel decisivo para el futuro
de las vocaciones en la Iglesia. La santidad del amor esponsal, la
armonía de la vida familiar, el espíritu de fe con el que se afrontan
los problemas diarios de la vida, la apertura a los otros, sobre todo
a los más pobres, la participación en la vida de la comunidad
cristiana constituyen el ambiente adecuado para la escucha de la
llamada divina y para una generosa respuesta de parte de los hijos.
4. “Rogad pues, al dueño de la mies para que envíe operarios a su
mies” ( Mt. 9,38; Lc 10, 2) En obediencia al mandato de Cristo, cada
Jornada Mundial se caracteriza como momento de oración intensa, que
compromete a la Comunidad cristiana entera en una incesante y
fervorosa invocación a Dios por las vocaciones. ¡Qué importante es que
las comunidades cristianas lleguen a ser verdaderas escuelas de
oración (Cfr. Novo millennio ineunte, 33), capaces de educar en el
diálogo con Dios y formar a los fieles en abrirse siempre más al amor
con que el Padre “ha amado tanto al mundo hasta mandar a su Hijo
unigénito” (Jn 3, 16)! La oración cultivada y vivida ayudará a dejarse
guiar por el Espíritu de Cristo para colaborar en la edificación de la
Iglesia en la caridad. En tal ambiente, el discípulo crece en el deseo
ardiente que cada hombre encuentra en Cristo y alcanza la verdadera
libertad de los hijos de Dios. Tal deseo conducirá al creyente, bajo
el ejemplo de María, a estar disponible para pronunciar un “sí” lleno
y generoso al Señor que le llama a ser ministro de la Palabra, de los
Sacramentos y de la Caridad, o pueda ser signo viviente de la vida
casta, pobre y obediente de Cristo entre los hombres de nuestro
tiempo.
¡El Dueño de la mies haga que no falten en su Iglesia numerosas y
santas vocaciones sacerdotales y religiosas!
ORACION
Padre Santo: mira nuestra humanidad, que da los primeros pasos en el
camino del tercer milenio.
Su vida sigue marcada fuertemente todavía por el odio, la violencia,
la opresión, pero el hambre de justicia, de verdad y de gracia,
encuentra espacio en el corazón de tantos, que esperan la
salvación, llevada a cabo por Ti, por medio de
tu Hijo Jesús.
Necesitamos mensajeros animosos del Evangelio,
siervos generosos de la humanidad sufriente.
Envía a tu Iglesia, te rogamos, presbíteros santos, que santifiquen a
tu pueblo con los instrumentos de tu gracia.
Envía numerosos consagrados
que muestren tu
santidad en medio del mundo.
Envía a tu viña, santos operarios que trabajen con el ardor de la
caridad y, movidos por tu Espíritu Santo, lleven la salvación de Cristo hasta los últimos confines de la tierra.
Amén,
En Castel Gandolfo, 8 de septiembre del 2001.
IOANNES PAULUS PP. II
LA VIDA COMO
VOCACIÓN
Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones,
6 de mayo de
2001
Su Santidad Juan Pablo II
Venerables Hermanos en el Episcopado,
queridos Hermanos y Hermanas de todo el mundo!:
1. La próxima "Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones" que tendrá lugar el 6 de mayo del 2001, a pocos meses, por tanto, del fin del
Gran Jubileo, tendrá como motivo "La vida como vocación". En
este mensaje deseo detenerme para reflexionar con vosotros sobre el tema que reviste una
indudable importancia en la vida cristiana.
La palabra "vocación" cualifica muy bien las relaciones de
Dios con cada ser humano en la libertad del amor, porque "cada vida es
vocación" (Pablo VI, carta Enc. Populorum progressio, 15). Dios, al fin de la creación,
contempla al hombre y "vió ser bueno!" (Cf. Gén. 1,31) lo
hizo "a su imagen y semejanza", le puso en sus manos laboriosas el universo y lo ha
llamado a una íntima relación de amor.
Vocación es la palabra que introduce a la comprensión de los
dinamismos de la revelación de Dios y descubre al hombre la verdad sobre su
existencia: "La razón más profunda de la dignidad humana, - leemos en el
documento conciliar Gaudium et spes,- "está en la vocación del hombre a la
comunión de Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con
Dios: pues, si existe, es porque, habiéndole creado Dios por amor, por amor
le conserva siempre, y no vivirá plenamente conforme a la verdad, si no
reconoce libremente este amor y si no se entrega a su Creador".
(N° 19). Es en este diálogo de amor con Dios que se funda la posibilidad para
cada uno de crecer según líneas y características propias, recibidas como
don y capaces de " dar sentido" a la historia y a las relaciones
fundamentales de su existir cotidiano, mientras se está en camino hacia la plenitud de
la vida.
2. Considerar la vida como vocación favorece la libertad interior, estimulando en la persona el deseo de futuro, conjuntamente con el
rechazo de una concepción de la existencia pasiva, aburrida y banal. La vida
asume así el valor del "don recibido, que tiende por naturaleza a
llegar a ser bien dado" (Doc. Nuevas vocaciones para una nueva Europa,
1997,16, b). El
hombre muestra ser renovado en el Espíritu (Cf. Jn. 3, 3.5) cuando
aprende a seguir el camino del nuevo mandamiento "que os améis los unos a
los otros, como yo os he amado" (Cf. Jn 15,12). Se puede afirmar que, en
cierto sentido, el amor es el DNA de los hijos de Dios; es la " la
vocación santa" con la que hemos sido llamados "según su propósito y su gracia,
gracia que nos fue dada en Cristo Jesús, antes de los tiempos eternos y
manifestada en el presente por la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo"
(2 Tm 1,9.10).
En el origen de todo camino vocacional, está el Emmanuel, el
Dios-con-nosotros. Él nos revela que no estamos solos construyendo
nuestra vida, porque Dios camina con nosotros en medio de nuestros quehaceres
y si nosotros lo queremos, entreteje con cada cual una maravillosa historia
de amor, única e irrepetible. Y al mismo tiempo, en armonía con la
humanidad y con el mundo entero. Descubrir la presencia de Dios en la propia
historia, no sentirse nunca huérfano sino siendo consciente de tener un Padre
del que podemos fiarnos totalmente: este es el gran cambio que transforma el
horizonte simplemente humano y lleva al hombre a comprender, como
afirma la Gaudium et spes», que no puede "encontrarse plenamente a sí
mismo sino en
la entrega sincera de sí mismo" (N°24). En estas palabras del
Concilio Vaticano II está encerrado el secreto de la existencia cristiana y de
toda la auténtica realización humana.
3. Hoy, sin embargo, esta lectura cristiana de la existencia debe
hacer el balance de algunos comportamientos de la cultura occidental, en la que
Dios es prácticamente marginado del vivir cotidiano. He aquí porqué es
necesario un compromiso acorde de toda la comunidad cristiana para "reevangelizar
la vida". Conviene a esta fundamental obligación pastoral el
testimonio de hombres y mujeres que muestren la fecundidad de una existencia que
tiene en Dios su fuente, en la docilidad a la acción del Espíritu su fuerza,
en la comunión con Cristo y con la Iglesia la garantía del sentido
auténtico de la fatiga cotidiana. Conviene que en la Comunidad cristiana, cada uno
descubra su personal vocación y responda con generosidad. Cada vida y
vocación y todo creyente es invitado a cooperar en la edificación de la Iglesia. En
la "Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, sin embargo,
nuestra atención va dirigida especialmente a la necesidad y a la urgencia de
los ministros ordenados y de las personas dispuestas a seguir a Cristo en
su camino exigente de la vida consagrada con la profesión de los
consejos evangélicos.
Hay urgencia de ministros ordenados que sean "garantía
permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los diversos tiempos y
lugares" («Christifideles laici», 55) y, con la predicación de la Palabra y
la celebración de la Eucaristía y de los otros Sacramentos guíen a las
Comunidades cristianas por los senderos de la vida eterna.
Hay necesidad de hombres y mujeres que con su testimonio mantengan
"viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del
Evangelio" y hagan "avivar continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios
la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en
los corazones por el Espíritu Santo, reflejando en su conducta la
consagración sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o el
Orden («Vita consecrata», 33).
Que el Espíritu Santo pueda suscitar abundantes vocaciones de
especial consagración, para que favorezca en el pueblo cristiano una adhesión
siempre más generosa al Evangelio y haga más fácil a todos la comprensión
del sentido de la existencia como transparencia de la belleza y de la
santidad de Dios.
4. Mi pensamiento se dirige ahora a tantos jóvenes sedientos de
valores y las más de las veces incapaces de encontrar el camino que a ello
conduce. Si: sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Y es por esto
necesario hacerles encontrar al Señor y ayudarlos a establecer con Él una
relación profunda. Jesús debe entrar en su mundo, asumir su historia y abrirle
su corazón, para que se dispongan a conocerlo siempre más, a medida que
siguen las huellas de su amor.
Pienso, con respecto a esto, en el papel importante de los Pastores
del Pueblo de Dios. Para ellos evoco las palabras del Concilio Vaticano
II: "Preocúpense los Presbíteros, en primer lugar, de poner ante
los ojos de los fieles, con el ministerio de la Palabra, y con el testimonio de su
propia vida, el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual expandidos
abiertamente, la excelencia del Sacerdocio y su necesidad. Para este
fin es de máxima utilidad la dirección espiritual sabia y prudente.
Sin
embargo, esta llamada del Señor no debe esperarse que sea en manera alguna
como voz extraordinaria que llegue a oídos del futuro presbítero. Sino que
más bien debe ser entendida e interpretada a través de signos por medio de los
cuales cada día la voluntad de Dios se manifiesta a los cristianos
prudentes, signos que deben ser considerados atentamente por los
presbíteros". (Presbyterorum ordinis, 11)
Pienso también en los consagrados y consagradas llamados a
testimoniar que en Cristo está nuestra única esperanza; sólo de Él es posible
sacar la energía para vivir sus mismas calidades de vida; sólo con Él, se
puede salir al encuentro de las profundas necesidades de salvación de la
humanidad. Pueda la presencia y el servicio de las personas consagradas abrir el
corazón y la mente de los jóvenes hacia horizontes de esperanza
plenos de Dios y los eduquen en la humildad y la gratuidad del amar y del
servir. La significatividad eclesial y cultural de su vida consagrada se traduzca
siempre más en propuestas pastorales específicas, adaptadas a la
forma de educar y formar a los jóvenes y muchachas para la escucha de la
llamada del Señor y a la libertad del espíritu para responderle con generosidad
e intrepidez.
5. Me dirijo ahora a vosotros, queridos padres cristianos, para
exhortaros a estar cerca de vuestros hijos. No los dejéis solos frente a las
grandes opciones de la adolescencia y de la juventud. Ayudadlos a no dejarse
arrollar por la búsqueda afanosa del bienestar y guiadlos hacia el
gozo auténtico, como lo es el del espíritu. Haced resonar en sus
corazones, a veces llenos de miedo por el futuro, el gozo liberador de la fe.
Educadlos, como escribía mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI,
"apreciando simplemente los múltiples gozos humanos que el
Creador pone ya en su camino: alegría entusiasta de la existencia y de la vida; gozo
del amor casto y santificado; júbilo pacificante de la naturaleza y del
silencio; regocijo, a veces austero, del trabajo esmerado; felicidad y
satisfacción del deber cumplido; contento transparente de la pureza,
del servicio, de la participación: satisfacción exigente del
sacrificio". (Gaudete in Domino, I).
A la acción de la familia sirva de apoyo la de los catequistas y de
los docentes cristianos, llamados de forma particular a promover el
sentido de la vocación en los jóvenes. Su tarea es guiar a las nuevas
generaciones hacia el descubrimiento del proyecto de Dios sobre sí mismo,
cultivando en ellos la disponibilidad de hacer de la propia vida, cuando Dios llama,
un don para la misión. Esto se verificará a través de ocasiones
progresivas que preparen al "sí" pleno, por el que la entera existencia es
puesta al servicio del Evangelio. Queridos catequistas y docentes: para obtener
esto, ayudad a los jóvenes confiados a vosotros a mirar hacia lo alto, a
huir de la tentación constante del compromiso. Educadlos en la confianza en
Dios que es Padre y muestra la extraordinaria grandeza de su amor, confiando a
cada uno un deber personal al servicio de la gran misión de "renovar
la faz de la tierra".
6. Leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles que los primeros
cristianos "perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y
en la unión, en la fracción del pan y en la oración" (2, 42). Cada encuentro
con la Palabra de Dios es un momento feliz para la propuesta vocacional. La
frecuentación de la Sagrada Escritura ayuda a comprender el estilo y
los gestos con los que Dios elige, llama, educa y hace partícipe de su
amor.
La celebración de la Eucaristía y la oración hacen entender mejor
las palabras de Jesús: "La mies es mucha y los obreros pocos!
Roguemos, pues, al amo, mande obreros a su mies" (Mat.9, 37-38. Cf. Lc 10, 2).
Rogando por las vocaciones se dispone uno a mirar con sabiduría evangélica al mundo
y a las necesidades de la vida y salvación de cada ser humano; se vive,
además, la caridad y la solidaridad de Cristo hacia la humanidad y se cuenta con
la gracia de poder decir, siguiendo el ejemplo de la Virgen: "He
aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1,38)
Invito a todos a implorar conmigo al Señor, para que no falten
obreros en su mies:
Padre santo: fuente perenne de la existencia y del amor,
que en el hombre viviente muestras el esplendor de tu gloria, y pones en su corazón la simiente de tu llamada,
haz que, ninguno, por negligencia nuestra, ignore este don o lo
pierda, sino que todos con plena generosidad, puedan caminar hacia la realización de tu Amor.
Señor Jesús, que en tu peregrinar por los caminos de Palestina,
has elegido y llamado a tus apóstoles y les has confiado la tarea de predicar el Evangelio, apacentar a los fieles, celebrar el culto
divino, haz que hoy no falten a tu Iglesia numerosos y santos Sacerdotes, que lleven a todos
los frutos de tu muerte y de tu resurrección.
Espíritu Santo: que santificas a la Iglesia
con la constante dádiva de tus dones, introduce en el corazón de los llamados a la vida consagrada
una íntima y fuerte pasión por el Reino, para que con un sí generoso e incondicional,
pongan su existencia al servicio del Evangelio.
Virgen Santísima, que sin dudar
te has ofrecido al Omnipotente para la actuación de su designio de salvación,
infunde confianza en el corazón de los jóvenes para que haya siempre pastores celosos,
que guíen al pueblo cristiano por el camino de la vida, y almas consagradas que sepan testimoniar
en la castidad, en la pobreza y en la obediencia, la presencia liberadora de tu Hijo resucitado.
Amén.
Vaticano, 14 de septiembre del 2000

DE NUESTRO
CORREO:
Cuál es la diferencia entre la
vocación Sacerdotal y la vocación Religiosa; en qué se distingue una de
otra.
RESPUESTA
No todos los sacerdotes son de
vida consagrada y no todos los de vida consagrada son sacerdotes.
El sacerdote recibe
el sacramento del "Orden" gracias al cual la misión confiada por Cristo
a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los
tiempos>>>.
La
Vida
Consagrada, es
"El estado de vida que consiste en la
profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la
estructura de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su
vida y a su santidad" (LG 44). En la Vida
Consagrada hay sacerdotes, religiosas y hermanos). Estos
pertenecen a una comunidad religiosa (ej.: jesuitas, franciscanos,
salesianos, carmelitas) y hacen votos de pobreza, castidad y obediencia.
Los
sacerdotes "diocesanos" se ordenan para servir a su diócesis y no
pertenecen a la "vida consagrada". También son célibes y prometen
obediencia a su obispo. No hacen voto de pobreza, aunque por su vocación
deben dar ejemplo de una vida humilde y sencilla al servicio del
prójimo.
Hola Querido Padre
Jordi Rivero.
¿Usted podría
decirme cómo descubrió su vocación sacerdotal?
Cómo Dios le
llamó. Padre, !Qué nuestro amado Señor Jesús le bendiga!!!
Padre, ¿de qué país es usted, y en qué parroquia o diócesis usted
oficia?
RESPUESTA
Nací en Cuba y
llevo 44 años en Miami donde fui ordenado sacerdote y soy
párroco de la Parroquia de San Raymundo.
Sobre mi vocación
te diré: Primero vino el
despertar de la fe. Siempre fuí católico. Estudiaba ingeniería
en la universidad cuando conocí la renovación carismática.
Perseveramos en la oración y todo comenzó a
tener un nuevo sentido en Cristo y en su Iglesia. Creció mi amor
a la Eucaristía, a la Virgen María a toda la enseñanza de la fe.
Un día mientras oraban por mi, desee ya no demorar
mas. Había en mi un deseo de entregar mi vida a Jesús y
comprendí que era la gracia de la vocación.
Infinitamente amoroso y maravilloso es nuestro Padre.
Así comprendí que vale la pena dejarlo todo por El, que la mayor
alegría es dejarle a EL hacer lo que quiera con nosotros porque
nos ama y sabe lo que es mejor. Hize la decisión.
Todo el mundo quiere ser feliz pero no lo consiguen porque
buscan en lo que desea la carne. ¡Si supieran que de verdad
Jesus es el amor encarnado! Que la carne necesita ser sometida
al amor divino. Sufrir por amor: camino a la felicidad. Es
nuestra mision como cristianos testimoniarlo. ¡Que mision tan
maravillosa! Cada uno de nosotros viviéndola según nuestra
vocación.
A veces no
entendemos. El nos pide confianza. Debemos andar por fe. Fe que
es posible porque sabemos en quien hemos puesto nuestra
confianza. Sabemos que Jesus lo lleva todo al amor mas perfecto.
De esa manera nos permite tener el mérito de hacer las cosas por
amor.
El 15 de Mayo de
este año (2007) será mi 25 aniversario de ordenación. Me parece
increíble lo rápido que pasa el tiempo. Cuando decidí entregar a
Jesús mi vida, creía que hacía un acto heróico. Ahora comprendo
que todo ha sido Su amor, todo tan feliz. Lo que deje atrás
porque el me lo pidió (ahora comprendo que eran sueños y
fantasías mas que otra cosa) no es nada en comparación con la
felicidad que ha sido mi vida. Cuando decimos “si” al Señor
vemos que El nos da el 100 por 1. No quisiera otra cosa que la
vida que Jesús me ha dado: Vivir en su amor. Estar unido a El en
la Eucaristía, en la Iglesia, con tantos hermanos a quien amar y
servir… ¡y con quienes tener que sufrir porque ni ellos ni yo
somos perfectos! Ningún placer del mundo puede comparar. Cada
día es una nueva posibilidad, como decía la Madre Teresa, de
hacer algo hermoso por Dios. Saber que somos amadísimos de Dios.
Por eso, cuando se encuentran los hermanos que han descubierto
esto, hay una gran alegría. Es la verdadera experiencia de ser
familia, muy superior a lo que se puede esperar por vínculos de
sangre o nacionalidad.
ORA PRO NOBIS
En Jesús y María,
Padre Jordi Rivero